La reducción de la velocidad máxima permitida de 120 km/h a 80 km/h no consigue reducir la contaminación atmosférica, según ha demostrado un estudio del Instituto de Investigación de Economía Aplicada (IREA) de la Universidad de Barcelona (UB).

La medida, aplicada desde 2006 en los accesos a Barcelona, fue muy controvertida. Aunque la velocidad es obviamente un factor que puede incidir en el consumo de combustible y el aumento de la contaminación, el factor clave que la medida no tenía en cuenta era el del régimen de giro del motor. Circular a 80 km/h per se no implica consumir menos carburante que circular a 120 km/h. En el consumo intervienen otros factores directamente relacionados con el conductor como por ejemplo con qué relación del cambio se está circulando o con qué intensidad se está pisando el acelerador.

Bajo estas premisas, puede darse el caso que un conductor que circula a 80 km/h en 4ª velocidad esté contaminando más que un conductor que circula en 6ª a 120 km/h.

Velocidad variable

El estudio presentado por el IREA sí afirma por el contrario que la velocidad variable consigue reducir el índice de contaminantes en el ambiente. El motivo es evidente: la velocidad variable es una medida diseñada para evitar que los vehículos se detengan en las retenciones.

El procedimiento de arrancada de un vehículo es el que consume más combustible y por lo tanto emite más partículas al ambiente. Si adaptando la velocidad a las condiciones reales del tráfico se consigue que los coches no tengan que detenerse en un momento de congestión, se está evitando la emisión a la atmósfera de contaminantes.

El estudio demuestra que entre 2006 y 2010 la velocidad variable consiguió reducir los PM10 y los NOx –una de las partículas más dañinas para los humanos–, mientras que la reducción de la velocidad máxima permitida a 80 km/h generó incluso leves aumentos de partículas en suspensión.

Finalmente, el estudio concluye que una solución efectiva para frenar la contaminación en las grandes ciudades, que sigue en aumento en los últimos años, sería aplicar un peaje o “tasa de congestión” para acceder al centro, como ya hacen Londres, Milán o Estocolmo.